Pablo y el Reino… (II) Hechos 14:19–22


Cada molécula del cuerpo le indicaba que la golpiza había sido brutal. Los dolores eran tan diversos e intensos -y a la vez tan difusos- que le costaba entender la condición en la que se encontaba. Un ojo estaba totalmente cerrado (y le dolía de manera aguda), el otro -el que siempre había sido su ojo malo- apenas le permitía ver las sombras a su alrededor. Mientras trataba de incorporarse, en la mente de Pablo brotaron confusas imágenes de como sus talmidim le habían advertido de la presencia en Listra de aquel grupo de judíos provenientes de Antioquía. “Son los máximos cabecillas religiosos” -le habían dicho- lo que implicaba que estaban orgullosos de hacer gala del peor de los odios hacia los cristianos que se atrevían a tratar de proselitizar en su territorio. Mientras cojeaba tratando de salir del fango en el que había sido arrojado y se preguntaba si su brazo estaba quebrado, los pensamientos del maltratado Apóstol se aclararon un poco más y evocaron la compasión que apenas unas horas antes había sentido hacia sus perseguidores: ¡cómo le habían traído a la memoria sus propios tiempos de asolador de la Iglesia que ahora amaba!… y -por enésima vez- volvió a agradecer a Dios en el fondo del alma por habérsele presentado en el camino a Damasco.
No pudo evitar una mueca de dolor cuando sus labios se movieron para susurrar unas palabras de alabanza a su Rey.
Todo le dolía.

En la medida en la que sus sentidos comenzaban a volver a la normalidad, se dio cuenta que estaba en una especie de agujero gigantesco que se asemejaba a un basurero; definitivamente… era el nauseabundo crematorio ubicado en las afueras de Listra; un lugar inmundo en todo el sentido de la palabra. Pablo vio ahora con más claridad: aunque nunca había estado allí antes, la fetidez en el ambiente no podía indicar ninguna otra cosa… lo habían arrojado al basurero pensando que estaba muerto. Al tocarse la cabeza percibió la característica sensación dejada por la sangre al secarse… era evidente que había sangrado profusamente. El dolor del brazo aumentaba al hacer algunos movimientos, ahora no le cabía ni la menor duda de que estaba permanentemente dañado. Seguramente no era su único hueso quebrado. Entonces recordó el dolor. Los judíos de Listra convocaron a la multitud, luego vino la injuriosa arenga de los de Antioquía; y en menos de lo que nadie hubiera pensado la multitud enardecida inició el despiadado proceso de lapidación. Primero fue una la roca que -al estrellarse contra su espalda- le dejó sin poder respirar, luego cayó otra… y otra, y otra… una lluvia de decenas… centenares de piedras arrojadas por sus coterráneos. Pablo recordó haberse cubierto la cabeza como una desesperada -e inútil- medida para protejer su vida. En su aturdimiento había escuchado los insultos y acusaciones de herejía del pueblo judío. Vagamente recordó haber creído que estaba fuera del cuerpo en frente de la mismísima presencia del Rey. ¡Todo sucedió tan rápidamente!; cuando quiso expresar las palabras inefables que allí escuchó le fue imposible articular sonido alguno. Ahora, el dolor le hacía estar seguro que no estaba en el cielo, sino en el basurero… dejado por muerto después de ser arrastrado desde la ciudad. Parecía imposible creer que apenas un par de días antes la misma gente que le había apedreado lo habían aclamado públicamente al sanar -en el poder de Jesús de Nazaret- a un conocido cojo de nacimiento.
La naturaleza humana nunca cambiará -pensó.

A lo lejos escuchó voces –al menos puedo oír se dijo a sí mismo-… voces conocidas, entre ellas la reconfortante voz de Bernabé. Su fiel amigo encabezaba al puñado de discípulos que le buscaban. Cuando le vieron casi no le reconocieron, tan maltrecho estaba. Esta vez había estado demasiado cerca de morir. Mientras le abrazaban escuchó a alguien decir que el carruaje estaba listo para llevarlo a Derbe. Estaba seguro… hasta la próxima vez.

Unos días después estaba de regreso sobre sus pies. Algunas de las marcas de esta experiencia le acompañarían hasta el fin de su peregrinaje en esta vida. Habló con Bernabé, y se alegró de tenerlo de compañero en el ministerio. Entonces descendieron a Listra, a Iconio y -ni más ni menos- a Antioquía. Su mensaje fue único: ¡Ánimo! Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.

Hmmmm… me pregunto si alguna vez lograremos entender esta frase.

Nos vemos mañana.

3 pensamientos en “Pablo y el Reino… (II) Hechos 14:19–22

  1. Estimado Hermano Julio, es un placer poder comentar algo en tu blog el cual disfruto y en el cual encuentro muchas respuestas y se que es una de los medios que Dios tiene para ministrarnos a todos y cada uno de los que nos encontramos cada dia buscando un poco mas de El a traves de tus palabras.

    En cuanto a la entrada de este dia solo puedo formular unas palabras en ese momento, Pablo estaba adoloridisimo de todas partes no lo dudo, su dolor era profundo y despues de entender lo que hacia me imagino que su dolor era tambien profundo en su corazon, estaba pasando por momentos dificiles, y el dolor no creo que pudiera ser apartado, lo que me impacta y como tu dices es quizas lo que nos hace falta y es !!!cómo su corazon a pesar del dolor seguia enfocado donde debia estar enfocado, en el Reino de nuestro Señor.

    Y muy al contrario en vez de retirarse estaba pensando a donde mas ir para hablar sobre el Reino de Dios. Me impacta!!!!

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