El dolor de sentirte frustrado…


Frustración. Una de las sensaciones más comunes del alma humana, sin embargo una de las más difíciles de identificar apropiadamente y -por ende- de resolver acertadamente. Al aconsejar a otros lo veo a diario: entre esposos, en las relaciones padre-hijo, en las empresas, en el ministerio de la iglesia. Es evidente en el tráfico, en las relaciones comerciales, en la política… en la vida misma.  La RAE define frustrar como “privar a alguien de lo que esperaba.” El sentimiento de frustración es -entonces- el dolor emocional porque no recibimos lo que esperábamos; especialmente cuando pensamos que lo que esperábamos era lo bueno, lo justo, lo correcto, lo necesario o lo debido. No sé tú, pero yo me he sentido frustrado muchas veces. Ni una tan sola de ellas fue agradable. Si la frustración pudiera saborearse por medio de las papilas gustativas sabría a algún platillo con una medida de confusión, otra de amargura, una de enojo y rabia contenida hacia tu exterior (y una similar de rabia contigo mismo), dos o tres tazas de humillación, algunas cucharadas de impotencia, vergüenza, desesperación y  de desánimo, y una pizca de injusticia.
A nadie le sabe bien tal menjurje emocional.

Por supuesto, no tengo que decirte algo que ya sabes a la perfección: cuando he sido “privado de lo que esperaba”, Dios ha tenido mucho que ver. Lo mismo ha sido en tu caso. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no nos deja tener lo que queremos?… o, quizás más directamente, ¿por qué no nos permite tener lo justo, lo correcto o incluso lo debido? Si eres un seguidor de Jesús, las razones evidentes -y repetidas por todos- pueden ser muchas: no estabas listo, lo que esperaba no era como tú creías que sería, estabas equivocado en cuanto a lo que es justo o correcto, él tiene planes distintos para ti…  etc. Si bien tales argumentos suelen ser verdad y los procesos que incluyen la razón bíblica pueden ser atenuantes contra la frustración, simple y llanamente, no la eliminan. O sea, es bueno recordar el versículo 24 de Salmos 37 “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino” pero… la mera verdad es que, después que todos los versículos han sido dichos y analizados, realmente se frustró lo que esperabas y te sientes frustrado.
¿Qué hacer entonces?

  1. Reconoce que te sientes frustrado. Trata de identificar con claridad qué era lo que deseabas y admite que los sentimientos que experimentas son causados porque no recibiste lo que querías. No te precipites en decir que tu dolor es por egoísmo, inmadurez, carnalidad o cualquier otra obra de la carne. Es posible que así sea, pero, honestamente, te será difícil corregir cualquier problema de esa naturaleza mientras te sientes frustrado. Por ahora, reconocer tu condición en el alma es suficiente.
  2. No añadas emociones negativas innecesarias a tu alma. No busques culpables. No te autoconmiseres. No alejes a quienes te aman (por emocionalmente torpes que sean). No te aísles. No te encierres en los pasillos de la soledad de tu mente corriendo tras más sentimientos negativos. Mirar “hacia adentro” no ayuda en estos casos. Recuerda, tienes un problema, se llama frustración. Y, tal frustración, está -precisamente- allí adentro. No busques fuerzas interiores; razona, es a causa de nuestra debilidad que fuiste “privado de lo que esperabas”. Pretender tener fuerzas no es sensato. Sólo habrá más frustración.
  3. Refúgiate en Jesús. Este es el momento para buscar a Dios. Él te comprende. Cuando el autor de Hebreos dijo que “no tenemos a un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15a) no estaba mintiendo. Por eso, “acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). Reconoce que lo que necesitas no es aquello de lo que fuiste privado. Necesitas la gracia de Dios. Si al final sales de este período más consciente de que Dios es quien te sostiene, habrás ganado mucho más de lo que perdiste en tu frustración.
  4. Sigue adelante. Quisiera afirmar que esto de seguir adelante es algo automático, pero no lo es. Antes de seguir adelante es posible que tengas que esperar un tiempo para que las emociones se asienten. Si la frustración te ha hecho llorar, llora; hay un tiempo para ello. Pero también hay un momento en el que -una vez que has recibido la consolación de Dios- el llanto no tendrá tanto sentido. Tampoco lo tendrán la rabia, la indignación o la impotencia. Creo -personalmente- que estamos listos para seguir adelante cuando hemos entendido lo pequeño que somos y nos sentimos satisfechos con tener a un Dios grande de nuestro lado. Eso es lo que “bástate mi gracia” realmente implica. (2 Corintios 12:9).

Lo lamento, me he extendido más de lo que pretendía cuando comencé a garabatear estas líneas. Mi deseo para ti esta noche es que tu frustración -cualquiera que sea- te haga convertirte en alguien más cercano a Dios. Está bien si te toma algo de tiempo; solo recuerda que entre más tiempo te tome, más sufrimiento sentirás. Comienza hoy reconociendo, al menos, que estás frustrado.

Un abrazo desde el fondo del alma…

 

J.-