(-6) Santidad sin legalismo…


Si revisas este blog te darás cuenta que hay algunos temas que han sido recurrentes a través de los años: Discipulado, ministerio, Biblia, relaciones interpersonales… legalismo. El legalismo -léase la actitud de evaluar la espiritualidad del cristiano por medio del cumplimiento de un sistema de reglas humanas (aunque a veces disfrazadas de Biblia)- es, a mi entender, uno de los males más terribles entre nuestras iglesias. Es también una de las actitudes que a mí más me indignan al observar a los que se consideran seguidores del Rey. Ser legalista y tratar de que se cumplan muchas normas y reglas entre los creyentes puede sonar bien -al fin y al cabo, parece promover la santidad- pero está equivocado, está condenado por la Biblia y ha sido puesto absoluta y rotundamente bajo maldición por Dios mismo.
Ten cuidado con esto.

Si a través de los años he estado en contra de esta nefasta actitud por menospreciar el sacrificio de Jesús y pretender que necesita que pongamos algo más de nuestra parte, el estar estudiando actualmente el libro de Gálatas me ha hecho considerar todo esto un poco más profundamente. Lo que aprendimos este fin de semana en particular me obliga a concluir que el legalismo es directa o indirectamente la causa de tanta dualidad entre los creyentes de las iglesias en América Latina. Al ser lo más opuesto a la fe que existe cuando un cristiano es adiestrado en cualquier “conducta cristiana” que no depende de la gracia de Dios (léase “entrenado, condicionado, amaestrado”) se coarta por completo la posibilidad de que entre tal creyente y Dios exista una relación sana, fresca y de dependencia espiritual completa. Piénsalo. Si no somos amigos de Dios y encontramos nuestra satisfacción en él, buscaremos tal satisfacción en cualquier otra cosa… desde el orgullo que se esconde tras la religión estricta hasta la hipocresía de la doble moral ahora clásica entre muchos de nosotros en las iglesias de la actualidad. No es de sorprendernos que entre los jovencitos que criamos en nuestras iglesias (¡tus hijos, mis hijos!) no es raro una de dos actitudes: una cerrada postura de orgullo religioso que menosprecia a los demás… o la búsqueda constante de “probar el mundo” en busca de algo que les satisfaga el alma “de verdad”.
Si tienes hijos, ten mucho cuidado en como “empujas la santidad en ellos”.

¿Significa eso que los padres, pastores y maestros debemos dejar a los más jóvenes -física o espiritualmente- vivir sin santidad y permitir “que hagan lo que les de la gana”? De ninguna manera. Permíteme decirlo más enfáticamente: ¡No, no , no y no! Lo que esto sí significa es que nosotros -los padres, pastores y maestros- debemos comprender que el cumplimiento externo de una regla no es sinónimo de la santidad… especialmente cuando tal regla es parte de un sistema humano y no una aplicación directa de las instrucciones en la Biblia. Te lo he dicho antes… es importante que procuremos vivir y estemos dispuestos a traspasar un cristianismo caracterizado por la santidad sin legalismo.
Ni más, ni menos.

Esta noche deseo para ti que el Rey hable a tu corazón y te persuada de que lo que Cristo hizo en la cruz es suficiente. No solamente es suficiente para ser salvo, sino que es suficiente para ser espiritual. Deseo para ti con toda mi alma que el sentido común te obligue a analizar como vives la vida y que concluyas que debes ser una persona de fe, amiga de Dios, con convicciones fuertes, con un andar que procure la gloria de Dios, con el carácter controlado por el Espíritu Santo y el corazón anhelante de que el Padre se complazca (se sonría plácidamente cuando piense en ti) y que la gente te considere un ejemplo andante de Jesús en tu pequeño mundo. Seguir al Rey implica tener límites… pero el primer límite que debes definir es donde termina la santidad y donde comienza el legalismo.

Allí te dejo la inquietud.

 

Nos vemos mañana.

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