Un breve examen sobre legalismo…


ERDH_Blog_05Anoche establecimos que ya no hay apóstoles. También aprendimos que la autoridad con la que Pablo escribió las instrucciones en Gálatas fue -precisamente- la de su apostolado y que el mensaje -trascendental, relevante, urgente- de la carta debe ser atendido de inmediato. Claro, eso es si consideramos que las instrucciones de esta pequeña pero poderosa carta nos conciernen de alguna manera. Ahora, antes de contestar afirmativa o negativamente considera el tema de la carta: la gracia (en realidad, la justificación por la gracia) y que el problema con el que Gálatas lidia es -ni más ni menos- que el legalismo.
Muy probablemente estarás pensando “bueno, ¡yo no soy legalista!”
Ojalá que no lo seas, pero -por si acaso- te animo a que tomes el siguiente examen. De alguna manera compartí las mismas preguntas el fin de semana pasada en VidaNueva, así que acá te van:

Es posible que tengas rasgos de legalismo si:

  1. Crees que debes hacer algún tipo de obras o portarte de cierta manera para ganar el favor de Dios. Esto incluye hacer cosas muy buenas… asistir a la iglesia, dar dinero, orar, hacer tu devocional, compartir tu fe, etc., el problema es que hacerlas produce en ti la percepción -e incluso el franco pensamiento- que por tus méritos seguramente Dios te bendecirá. Eso es precisamente el legalismo.
  2. Cuando pecas crees que debes hacer una penitencia para obtener el perdón de Dios. Esto va acompañado con la dificultad de perdonarte a ti mismo -y con cierta decepción personal. La manera de compensarlo es un esfuerzo por realizar penitencia (que puede incluir orar, pedir perdón u otras actividades religiosas) para poder alcanzar el perdón. Eso es precisamente el legalismo.
  3. Crees que las tradiciones cristianas tienen el mismo valor que las órdenes bíblicas. Los creyentes tenemos buenas tradiciones… preciosas y sanas pero que no están en la Biblia. Algunas son tan evidentes que hemos dejado de verlas como tradiciones (por ejemplo, asistir a la iglesia los domingos por la mañana). Cuando se pierde esa línea que divide la tradición con la Biblia hemos entrado en el territorio del legalismo.
  4. Crees que quienes no viven la santidad como tú la defines están “en pecado”. Las listas de actos, actitudes y actividades que forman nuestra definición de santidad a veces cae fuera de la jurisdicción de lo estrictamente bíblico. Si bien tú eres libre de tomar la decisión de restringirte por tu propia lista (que puede tener actividades que van desde ir a un cine hasta gastar dinero de cierta manera o tatuarte la piel) no tienes el derecho de imponer tus criterios en alguien más. Mucho menos juzgarles por no sujetarse al código humano que has diseñado o adoptado. Eso es precisamente el legalismo.
  5. Llamas pecado a lo que la Biblia no llama así. Es en realidad una extensión del punto anterior. Recuerda que nadie -nadie, nadie- tiene el derecho de llamar a algo pecado cuando la Biblia no lo dice. Ni tu pastor, ni tu iglesia, ni tú.
  6. Ministras para que Dios te acepte. He aquí la máxima expresión del legalismo en el mundo religioso. Creer que Dios te aceptará solo porque ministras es un error craso.
  7. Para cumplir con lo externo de la religión no te importa fallar en lo interno del corazón. O, como dicen por allí… “el que reza y peca, empata”. He aquí el epítome de la religión legalista. “Está bien si eres infiel a tu pareja siempre y cuando vengas a los tres cultos de tu iglesia cada semana, des tu dinero a la obra y sirvas en un ministerio”. Abominable. Legalista. Por supuesto, no tiene que ser tan extremo… hay variables del mismo pensamiento en todos los campos de la vida.
  8. Tienes el discurso y tratas de imponerlo en otro, pero tú mismo no lo cumples. Llámalo doble estándar, hipocresía o como desees. Eso es precisamente el legalismo.

¿Cómo te fue en el examen? Si tienes una puntuación menos que perfecta… es probable que debas estudiar el libro de Gálatas.
Te animo a que lo hagamos juntos estos próximos meses.

Nos vemos mañana.

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