El mar…


Desde donde me encuentro en estos momentos puedo escuchar el ruido del mar… ojalá que estuvieras acá. Es simplemente majestuoso. Los salvadoreños no le llamamos “la playa”, ni le decimos “el océano” sino que lo conocemos simple y llanamente como “el mar”. Ir al mar es una de las experiencias propias de la psiquis de nuestro pueblo e implica siempre un día de alegría… aunque dependiendo de como sea tu familia “la alegría” provendrá  de fuentes distintas. Los sonidos, la brisa, el aroma, el ambiente del mar es inexplicable… e inolvidable. El mar está cercano a todos acá, a apenas 30 o 40 minutos de la capital… toda la parte sur de nuestro pequeño país es costa y -casi sin excepción- cada kilómetro es disfrutable… si no te puedes bañar en un punto específico puedes estar seguro que tendrás una vista inolvidable. Si alguna vez vienes por El Salvador tienes que ir al mar. Si eres salvadoreño y vives en otro lugar estoy seguro que extrañas el mar. Pasar un día en el mar solamente es superado por una cosa: pasar una noche en el mar. Y entonces, “escucharlo sin verlo”. Atronador. Constante. Portentoso.

Esta tarde pude tomar un tiempo para participar de uno de los “rituales” (si me permites llamarle así) de todo buen padre en El Salvador. Julio Jr. y yo nos metimos a retozar en las olas y fuimos folklóricamente arrastrados y revolcados por ellas . A decir verdad la intensidad del oleaje era casi más fuerte que en cualquier otro tiempo del que tenga yo memoria; es que como te he dicho antes, quien haya bautizado al Océano Pacífico con su nombre realizó una de las mejores tareas de sarcasmo de la historia: este océano no tiene NADA de pacífico. Bañarme con Julito me dio la oportunidad de compartirle algo que mi propio papá me enseñó cuando yo era niño: al mar se le respeta; o más bien, se le teme. En casi 30 años de ministerio (contando cuando era un jovencito a cargo de un grupo de chicos aún más jovencitos) siempre le he tenido temor a traer paseos, excursiones y retiros al mar. Sencillamente, el riesgo es demasiado grande.

Nata en el marMás tarde durante la puesta del sol estuve pensando -ya con el resto de la familia en la playa- en lo colosal del mar. Una pregunta que Julito me hizo mientras nos bañábamos -de esas que solo los niños pueden preguntar- me quedó resonando en la mente. Mientras veíamos las fabulosas olas formarse a escasos metros de nosotros, Julio me preguntó “¿Cuánto pesa una ola, papá?” Para serte honesto, la pregunta “me sacó de base”… y la respuesta fue simple: es incalculable. Luego pensé que todo en el mar es incalculable… su tamaño, su funcionamiento (¡vaya un sistema!), su arena, su fuerza… todo es una muestra de la grandeza del Dios Todopoderoso a quien servimos. Esta noche, al oír el mar pienso en que ese mismo Dios Creador y magnificente estuvo dispuesto a fijarse en nosotros e ir a una cruz en nuestro lugar.
Su amor es como el mar. Incalculable.

Hoy cierro la noche con un pensamiento doble… solamente motivado por estar acá, en el mar. En primer lugar pienso en lo tremendo que será el milenio y la eternidad, precisamente porque la Biblia dice que ya no habrá mar. Apocalipsis 21:1 dice:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. 

Para quienes gustamos del mar, el pensamiento suena aterrador… hasta que te das cuenta que en la eternidad habrá algo mejor que el mar mismo… y ese es el pensamiento que esta noche me llevo a la cama… Isaías 11:9 afirma que en ese mismo período las gentes

“No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar.”

El mar es precioso, pero la gloria de Dios es superior. Conocerla será inigualable.
Yo sé, en la eternidad tampoco habrá noche así que no puedo decirte que espero pasar una noche escuchando la presencia del conocimiento de Dios.
Pero, me pregunto ¿cómo irá a ser estar tan abrumado ante su conocimiento?

Allí te dejo la inquietud.

Nos vemos mañana

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