Comiendo elefantes…


Este post es personal… puras reflexiones de mi corazón al ir terminando una semana en la que “he usado muchos sombreros” (una expresión que tuve que explicarle a mi hijo Julito el otro día) Como te digo, es personal, pero quizás te ayude… así que acá te comparto mis pensamientos de esta noche:

¿Alguna vez has experimentado el sentimiento de que estás atrasado en tus tareas y que -no importa lo que hagas- tienes la impresión que no lograrás ponerte al día? ¿Es tu vida como una de esas películas de vaqueros en las que -durante las épicas batallas con los indios- por cada piel roja que mataban salían 7 más feroces, más malencarados y más agresivos tras los héroes de la película? (sólo que en tu caso no son indios, sino tareas que cumplir) ¿Sufres de -lo que llamo- severos ataques de responsabilidad en los que tú mismo te mortificas, te estresas, te preocupas, te inquietas y te afanas porque “no has salido con todo” el trabajo, estudio, ministerio, tarea o lo que sea que tenías que cumplir? Si ese es tu caso… ¡bienvenido al club! Tengo la respuesta a tu inquietud de “terminar todo lo que falta por hacer” en tiempo récord y hacerlo de calidad.
La respuesta es simple: no se puede.

Te confieso que hay un par de cosas que a mí me han costado mucho en la vida… bueno, hay muchas que aún no he aprendido, pero de las que sí he logrado capitalizar una de las más difíciles fue aprender a decir que “no”. Punto. Solía ser el tipo de pastor que decía que sí a cada invitación a predicar, enseñar, dar conferencias, aconsejar, casar, preparar materiales, comer, y asistir a bodas, velas, piñatas, bautismos, almuerzos, cenas, funerales y conexos. Ahora digo que sí a todas las oportunidades que puedo (y que abonan al reino) y digo que no a muchas invitaciones o solicitudes… no porque no quiera, sino porque no puedo. La otra cosa que he aprendido es lo difícil y estresante que es embarcarse en tareas grandes -me refiero a grandes, grandes- con fechas límite cortas y en las que se espera de mí un estándar de calidad elevado. He llegado a una conclusión… tales tareas son posibles… pero ejecutarlas es muy similar al proceso de comerse un elefante.
¿Cómo te comes un elefante?
¡Fácil!: un bocado a la vez. Poco a poco y con mucha paciencia.

Estos últimos años he tenido varios elefantes en mi plato. Y ver que, por muchos bocados que les doy, pareciera que nunca se acaban produce en mí -aunque lo disimule- cierto nivel de estrés. Así que cuando me siento agobiado trato de contestar dos preguntas: ¿Es esta tarea una de esas cosas en las que debería haber dicho que no? y ¿Puede honestamente hacerse más rápido? Si la respuesta es negativa para ambas preguntas entonces, con tranquilidad, decido seguirme comiendo mi elefante. Poco a poco. Si la respuesta a una de las dos preguntas es positiva… entonces ha llegado el momento de pasarle un pedazo del elefante a alguien más en la mesa.
O meter al elefante en la nevera por un rato.

Y tú… ¿como te comes tus elefantes?
Allí te dejo la inquietud.
Y te deseo muy buen provecho.

Nos vemos mañana.

Un pensamiento en “Comiendo elefantes…

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