Historia Latinoamericana: de regreso a clases…


Una de las actividades que a mí personalmente me gusta es la docencia… la parte más académica de la enseñanza en una estructura propia del aula (aunque reconozco que detesto-aborrezco-me-disgusta la parte de hacer exámenes, calificar trabajos y llevar cuadros de notas). Disfruto la preparación de materiales, la investigación y la lectura propia que sucede en la etapa previa a la exposición magistral (o interactiva) de una clase… y disfruto el momento de impartir la clase y estar con los estudiantes. Mañana volveré al salón del aula para impartir en el Seminario Bautista Vida Nueva la materia de Historia Latinoamericana, un curso que enseñé hace unos cuatro años y que -al estar repasando mis notas y leyendo nuevo material- ha vuelto a ser mi deleite.
¡Me gusta!

Como reza la descripción de mi materia en el Programa Condensado de la Clase, este curso persigue realizar “un estudio con perspectiva cristiana de la historia latinoamericana, de la cultura que de esta surge y del protagonismo de la Iglesia evangélica a través de esa historia, iniciando desde la realidad previa a la conquista hasta la actualidad; con un énfasis especial en comprender los riesgos y ventajas de índole espiritual que los latinoamericanos poseen y la mejor manera para desarrollar el ministerio usando el ethos propio de esta región del mundo.” ¿Complicado?… naaaah!, en palabras menos académicas, es el intento de abrirle el horizonte a mis estudiantes para que sean mejores ministros en la cultura propia de nuestra amada América Latina. En las próximas semanas hablaremos de la historia -sí: fechas, nombres, ciudades, eventos, movimientos- pero más que un curso de historia pura iremos tras la comprensión de lo que esa historia ha causado… digamos que si América Latina fuera un río, estamos más interesados en saber como navegar sus corrientes avanzando más veloz y eficientemente y como echar las redes más estratégicamente que el interés que tenemos de conocer la simple hidrografía que le conforma.

Antes de cerrar esta noche te comparto un último pensamiento: Este curso es, en un sentido, un ejercicio doloroso. América Latina tiene entretejida en lo más profundo de su historia la palabra “injusticia”, y revisar el sufrimiento de tantos hombres, mujeres y niños es algo que no puede hacerse sin imaginarse la miseria que la injusticia de otros les causó. Es que a causa de la velocidad con la que este nuestro pequeño mundo indoamericano se ha desarrollado (¿qué son 500 años a la luz de la historia de la humanidad?) es fácil ver al corazón humano desplegar con alevosía la malignidad que ha venido perfeccionando desde Adán. Por eso no es de extrañar que los movimientos políticos -en todos los puntos del espectro- han hecho mercadería de fácil comercialización el uso de palabras como “justicia”, “libertad”, “progreso”, “paz”, “unión”, etc., etc., etc… Los políticos (los buenos y honestos) pueden estar acertados en el diagnóstico de la enfermedad, pero por no reconocer el origen de los males se equivocan en la solución que proponen. Espero que al terminar la clase, mis estudiantes sean un poco más conscientes de la realidad histórica de la injusticia en América Latina… y estén más comprometidos en traer la verdadera justicia y libertad por medio de Jesucristo.

Como te dije, es bueno volver a clases.

 

 

Nos vemos mañana.

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