Pensando en bodas…


Cómo probablemente sabes, estos son días especiales en mi casa… son tiempos buenos en todo el sentido de la palabra al avecinarse la boda de nuestra hija mayor y participar todos de un pequeño torbellino de eventos -y de emociones- con los preparativos finales de una ceremonia relativamente pequeña en la que culmina un proceso que como padres iniciamos Patty y yo hace 22 años. Te soy honesto al decirte que he tenido que hacer un esfuerzo especial para no perder de vista el punto clave de las cosas: no la alegría de los novios …no la pompa (o falta de pompa) de la ceremonia …no los innumerables preparativos de una cena. El punto de todo esto es -por supuesto- la gloria de Dios. Punto.

Esta noche reflexiono como los seres humanos (y yo soy muy humano) tenemos la tendencia a perder de vista el gran cuadro de las cosas… especialmente cuando los profundos sentimientos del alma se entremezclan con un caudaloso torrente de actividades en la agenda. Piénsalo. Ver claro cuesta regularmente… pero cuesta mucho más en tiempos de actividad y emoción. Así es una boda. Así es una graduación académica. Así es el nacimiento de un nuevo bebé en la familia. Así sucede al enviar misioneros desde una iglesia. Así son casi todos los eventos trascendentales en la vida de los humanos. Mezcla emociones con actividad y el resultado es siempre un coctel que te embriagara el espíritu desconectándote de la realidad espiritual. No en vano una boda es usada de tantas maneras como analogía en las Escrituras… tanto de cosas buenas (toda la escatología bíblica está diseñada alrededor del formato de la boda judía) así como de cosas malas (como un obstáculo para obedecer al Rey).
Por eso es bueno recordar que una boda -o lo que sea- debe primariamente servir para darle la gloria a Dios. Todo lo demás viene por añadidura.

Esta noche quiero animarte a que no pierdas el punto principal en lo que sea que ocupa tus emociones y tu agenda estos días de Navidad y fin de año. No dejes que la mucha alegría, la mucha tristeza, la excesiva preocupación, la ansiedad por el dinero (tan necesario en cada temporada final de año), los demasiados compromisos, o lo que sea te desenfoquen de la única cosa que quedará incolume pase lo que pase: la gloria de Dios. Te escribo a ti que estás afanado por los pequeños -o grandes- quehaceres de la vida y me escribo a mí que estoy -en estos días- enfrascado en los pequeños pero grandes detalles emotivos de la boda de mi hija. Mantengamos el enfoque. Esto no se trata de los novios, de los invitados, de la ceremonia …ni del padre de la novia.
Se trata del Rey y de su gloria.
Sólo puedo decir: ¡Que tremendo privilegio!

 

 

Nos vemos mañana.

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