Sobre predicar acerca del pecado…


Como te dije anoche, esta mañana tomamos un tiempo en VidaNueva para echarle un vistazo a Josué capítulo 7 (la historia de Acán y su desobediencia). Este es uno de los trozos más claros en la Biblia sobre las consecuencias del pecado “a propósito” (RV1960 le llama prevaricación) y desarrolla el drama humano -que trasciende el tiempo, la geografía y las culturas- y que sucede alrededor de eso que llamamos pecado. A mi parecer, la historia de Acán debe ser considerada por cada creyente en más de una ocasión en su vida. No es fácil, no es agradable y (definitivamente) esta no es una de esas historias motivacionales que tanto abundan en los púlpitos cristianos hoy en día. De hecho, creo que no me equivoco al decir que predicar sobre el pecado es una de las actividades más impopulares en el cristianismo moderno… quizás sólo superado por predicar sobre el juicio que sucede a causa del pecado.
Pero ambas cosas son necesarias.
Gracias a Dios por los púlpitos en los que aún se expone la Biblia con verdad y con gracia.

¿Qué aprendimos hoy?… bueno, para tener el panorama completo tendrás que escuchar el mensaje en un par de días al estar disponible en www.ibvn.org… pero mientras ese momento llega, déjame resumirte de manera escueta las cosas que yo aprendí (o recordé) al estar sumergiéndome en el pasaje. Te dejo una palabra en cada uno de mis puntos para más o menos ayudarte a organizar los pensamientos… porque en realidad no tienen un orden definido… como te digo, son apenas algunas de las cosas que aprendí al estar estudiando nuevamente a Acán.

  1. Riesgo. Los peores pecados nos suceden en los mejores momentos espirituales. “Estar bien” con Dios no es garantía de que no seremos fuertemente tentados a pecar… ni es garantía de que tendremos la fuerza para resistir. Igualmente, son las cosas más pequeñas las más propicias para hacernos caer.
  2. Intencionalidad. El peor pecado es el que cometemos conscientemente de lo que estamos haciendo… es cuando pensamos que aunque los límites están claro no nos importa violarlos.
  3. Estancamiento. Nos guste o no, el pecado nos separa de la presencia del poder de Dios en nuestra vida… y al no haber poder de Dios quedamos estancados. Si no estoy creciendo, es posible que haya un pecado que sea lo que me está estorbando.
  4. Negación. Lo común es que nos neguemos a darnos cuenta de la realidad de nuestra condición pecaminosa… o quizás debiera llamarle a tal práctica “evasión de la responsabilidad”. Una forma de decirlo es que padecemos de “ignorancia voluntaria”… es fácil no darnos cuenta de que la presencia de Dios se ha perdido porque hemos escogido no prestar atención. Nos resulta mucho más cómodo echarle la culpa a alguien más de nuestra condición… incluso a Dios mismo.
  5. Derechos. O quizás…”ausencia de derechos”. No tenemos ningún derecho a pecar. Nunca. Por ningún motivo. No hay excusas. No hay argumentos que valgan…. por eso no esgrimas que “tienes derecho” cuando se trate de un pecado.
  6. Sistema. Me refiero a que el pecado (y sus consecuencias) son sistémicos: Tocan todo lo que amamos -nuestras familias, nuestras posesiones, nuestros “pequeños mundos”. La injusticia de afectar a quienes amamos no sucede cuando el juicio se ejecuta… sino cuando nosotros metemos nuestro pecado en los mundos de ellos.
  7. Desnudez. Es imposible esconderme de Dios y tapar mi pecado. No importa que tan hábil y capaz sea para engañar a los demás… Dios no puede ser burlado.
  8. Vergüenza. No es posible hablar de Jesús a otros -y de la paz, poder y prosperidad espiritual que él da- si yo mismo no lo tengo. Creo que a veces, no hablamos de Jesús por la vergüenza que nos da no tener un testimonio de avance que compartir con los demás.
  9. Presteza. El mal se corta de raíz… y se hace inmediatamente. Si me doy cuenta que estoy en pecado y no hago nada… estoy en una nueva prevaricación, que lleva a menos presencia del poder de Dios… que me aleja más de sus propósitos. Si hago esto muchas veces, habrá un momento en el que no seré “reconocible” como creyente de tan lejos que hemos llegado.

¿Sabes?, predicar sobre el pecado es una de las cosa más necesarias en la Iglesia de nuestros días. Puede sonar duro, ofensivo, directo, y hasta desagradable.
Pero… créeme, es muy necesario.
Esta noche me acuesto pidiendo a Dios que lo que él mostró a otros esta mañana sea al menos un poquito de lo que me enseñó a mí.

 

Nos vemos mañana.

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