Un poco más sobre dar fruto…


Anoche comencé a compartirte algunas reflexiones básicas sobre lo que Jesús dijo a sus discípulos en aquella noche tan especial del aposento alto. Esa es -probablemente- una de las ocasiones de las que más detalles tenemos de la vida del Rey acá en la tierra…  la escena debe haber sido conmovedora, y el espíritu que allí se transmitió sigue siendo uno de los elementos más inspiradores con los que contamos en nuestros días entre lo seguidores del Rey. En medio de todo lo allí sucedido -la cena, la ceremonia de lavado de pies que Jesús hizo a los discípulos, la denuncia de Judas, la duda de Tomás, las declaraciones de Cristo sobre la cruz, la discusión entre los discípulos, etc., etc.,- Jesucristo se las arregló para comunicar una de las verdades más trascendentales para sus seguidores: Vivimos para glorificar a Dios dando fruto en nuestras vidas.
Pero… ¿qué es eso?

Piénsalo: Existimos para glorificar a Dios. Punto. Uno de los dichos más comunes entre los cristianos es hablar de “la gloria de Dios”… pensamos que la Biblia lo dice “por todos lados” pero quizás en ningún otro pasaje lo explica más claramente que en Juan 15:8. Según “la Vid verdadera”, vivimos para glorificar a Dios por medio de dar fruto para él. Pero… ¿creemos tal cosa? ¿Es para eso para lo que vivimos acá en la Tierra? ¿Hemos hecho de nuestro objetivo diario que “todo” lo que hagamos sea para que Dios se glorifique? (desde las tareas más nimias e insignificantes hasta los proyectos de mayor envergadura en nuestras vidas). Te propongo que -tristemente- en la mayor parte de los casos el asunto no es así. En la teoría, la idea “suena bien:… pero en la práctica el éxito de nuestra existencia es medido por otros estándares. De hecho, yo diría que la mayor parte de creyentes en nuestro tiempo razonan que si pueden tener “éxito” en el sentido material del término “ya la hicieron en la vida”. Por supuesto, tal éxito pronto se desdibuja  en cosas como un buen carro (o un mal carro), una casa, logros académicos o estabilidad familiar. Si los tienes… ¡enhorabuena!, no hay nada malo (y mucho de agradable) en ellos pero… ¿son esos los frutos que Dios espera? Romanos 14:7-8 dice de una manera clara que nosotros mismos no somos el objetivo de la vida… que el fruto no es para nosotros… que el objetivo de un creyente es darle gloria a Dios con los frutos que producimos.

Esta noche te animo a abrir bien los ojos… y a darte cuenta que -más que un concepto teórico propio de alguna declaración formulada en el ambiente estéril de un recóndito seminario teológico, “glorificar a Dios por medio de dar mucho fruto” fue la tarea encomendada por el Rey en el momento más íntimo y privado de su relación con sus discípulos; y que fue compartido como parte de las últimas palabras que les dio cuando estaba a punto de despedirse de ellos. Así que, te desafío -si eres un seguidor del Rey- a que juntos corrijamos el rumbo. Casi nunca soy tan directo o franco en lo que digo… pero esta noche no puedo decirlo más suavemente: Si no estamos dando fruto (Juan dice “mucho” fruto) que glorifique al Padre… algo anda severamente mal en nuestra vida.
Y corremos el riesgo de ser cortados.
Algo que, sinceramente, no te recomiendo que suceda en tu vida.
Por favor, piensa cómo esto se aplica a tu realidad… porque de aplicarse, se aplica.

 

 

Nos vemos mañana.

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