El problema de no entender… (y no darnos cuenta)


Caín no supo tomar la orden de Dios. Jehová quería una ofrenda con sangre, él ofreció lo mejor de sus hortalizas. Buen intento, con un final desastroso. A la hora de satisfacer a Dios, las intenciones no son necesariamente las que cuentan.

Piénsalo; porque a ti te ha pasado, estoy seguro. Vas a un restaurante con amigos o con tu familia, una mesera te atiende de manera cortés tomando apuntes de la orden de cada uno respecto a lo que desea para comer… tus hijos cambian varias veces la orden en el proceso de pedir -¿no son todos los hijos iguales en ese sentido?- tu esposa decide que tu porción es demasiado grande y pide que te traigan la versión más ligera del plato de carne que tú deseas… la orden se complica, pero la mesera parece estar muy segura de lo que cada quien pide; de hecho, hace gala de su memoria al recitar cada ingrediente de cada platillo del menú y expresar su contenido con floridas palabras que lo hacen “sonar” muy apetitoso. Entonces le preguntas amablemente si “tiene todo anotado”, a lo que ella contesta con una sonrisa afirmativamente. Finalmente, la camarera se retira… esperas unos pocos minutos y entonces te das cuenta que la orden “casi” fue bien tomada.
Algunos no reciben el sabor de soda que querían.
Ella no dijo antes que el aderezo que tu esposa pidió no estaba en el menú del día.
Tu plato -afortunadamente- nunca fue reducido a la hora de tomar notas y la porción llega generosa para el desagrado de tu vigilante consorte… pero el filete no llega término medio sino que demasiado cocido (i-n-t-o-l-e-r-a-b-l-e).
En resumen, no te dieron lo que pediste.
¿Qué pasó?

Lo que le pasó a la mesera del ejemplo es lo que -demasiado a menudo- nos pasa a los creyentes. Lo que te sucedió como cliente en el restaurante es lo que le sucede a Dios. Él ordena… nosotros tomamos órdenes. Nuestra tarea es ofrecerle lo que él pide… no una versión de lo que él pide. Ni la mesera en mención ni nosotros necesariamente nos equivocamos como una señal de rebeldía; el problema es que por pensar que “ya entendimos” creemos que “no habrá problemas”. Error. Porque hemos memorizado el menú (¡y cómo lo hemos hecho algunos!) pensamos que no es necesario prestar atención a cada palabra exacta dicha por quien está dando la orden.
La Biblia es clara (contrario a los comensales de nuestra historia, la Palabra de Dios no es cambiante), el problema es que por no prestarle minuciosa y detallada atención no la entendemos. Un problema aún más grande es cuando pensamos que sí la entendimos… pero estábamos equivocados.
Entonces sucede el desastre.

¿Cómo se soluciona esto?
Fácil. En el restaurante, basta con pedirle a la mesera amablemente que te repita la orden -instrucción por instrucción, sabor por sabor, tamaño por tamaño- antes que se retire de tu mesa para pedir al cocinero que te prepare los alimentos. Le llamo a esto la dinámica de “asentir-consentir” y funciona con todos aquellos a quienes uno da una orden (hazlo con tus hijos igualmente). En nuestra relación con Dios, hazte la pregunta de si verdaderamente entiendes lo que Dios te está pidiendo en su Palabra. Es decir, ¿comprendes el significado de cada palabra y las implicaciones de como luce el producto de su orden? Si la respuesta es negativa… probablemente le traerás lo que él no pidió.
Y a eso -igual que a lo que sucede en el restaurante- se le llama desobediencia.

Esta noche te animo a ir a la Palabra con la atención de una camarera que quiere quedar bien con sus clientes. Cerciórate que lo que escuchas y lees de la Palabra lo entiendes a cabalidad… no des nada por sentado, no actúes alocada ni precipitadamente y nunca -nunca, nunca, nunca, nunca- le traigas a Dios lo que él no pidió.
A Caín le fue mal por eso.
Y perdió muchísimo más que una propina.

 

 

Nos vemos mañana.

Un pensamiento en “El problema de no entender… (y no darnos cuenta)

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