En silencio…


El silencio es una de las posesiones más preciosas del ser humano… y una de las más escasas. Me refiero a esos instantes (minutos, horas y hasta días completos) en los que uno se encuentra completamente a solas y no es interrumpido más que por el ruido de su propia respiración o por los sonidos propios de la naturaleza. Debo confesar -con tristeza- que tengo muy pocos de esos tiempos en mi vida… incluso cuando estoy a solas cada noche estudiando y pensando (regularmente antes de escribir este blog) me encuentro plenamente consciente “de los ruidos propios de la civilización” que me rodean… el continuo tic-tac de los relojes, el transitar de los automóviles, alguna que otra música en la distancia… a decir verdad, muy rara vez estoy “en silencio”. ¿Y tú?

Hoy Dios me regaló uno de esos momentos, por un par de horas. Mientras mi familia y los Rivas estaban paseando por el pueblo tuve la oportunidad de quedarme en silencio… frente al lago… y escuchar… escuchar hasta el punto en que apenas podía oír el sonido de mi propia respiración compitiendo con el canto de algunos pajarillos. Fue un magnífico momento para leer y pensar… con la plena conciencia de que Dios estaba allí conmigo; con decirte que casi estuve a punto de conversar en voz alta con él, no lo hice por temor a que al proferir palabras audibles ese precioso silencio se rompiera y la presencia de Dios se esfumara.
Mi teología me decía que no me preocupara.
Todo en el ambiente me decía que me quedara callado.
Me quedé en silencio.
Me gustó.

El resto del día fue más bien bullicioso… terminamos con las dos familias en la segunda noche de un “Campeonato mundial de Cranium” (si nunca has jugado Cranium te lo recomiendo… es excelente para divertirse en familia) riéndonos a más no poder y disfrutando sin silencio alguno de un buen rato de comunión. No más silencio. Esta noche incluso, mientras escribo estas líneas desde la cocina de la pequeña cabaña en la que estamos hospedados puedo escuchar el ruido del motor de la refrigeradora, el sonar de varios relojes y el murmullo distante de los aparatos acondicionadores de aire de un hotel cercano. No hay silencio. Sé que Dios está acá -mi teología me dice que no me preocupe- pero mi capacidad de percibirlo se ve desafiada por la certeza de que no estoy solo con él.

Esta noche me voy a dormir agradecido con el Rey por el regalo de estar a solas con él… y con el deseo de propiciar momentos como estos más a menudo en mi vida. Para serte honesto, pienso que no los tengo porque no los busco. Pienso que puedo poner tantas excusas -todas buenas, todas válidas, todas irrebatibles- pero que en el fondo tengo la certeza de que podría, si así lo quisiera, estar más tiempo a solas y en silencio con mi Señor. ¿Te pasa a ti lo mismo?
¿Necesitará alguien viajar hasta Panajachel (u otro lugar similar) para estar en silencio completo ante Dios?
No lo creo. Me parece más bien que el silencio real depende de la fuerza con la que anhelamos que exista.
Allí te dejo la inquietud.

 

 

Nos vemos mañana.

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