Rumiando…


Así es… como te lo he mencionado antes “rumiar” (el acto de masticar por segunda vez… o, como lo dice también la Real Academia de la Lengua, el considerar despacio y pensar con reflexión y madurez algo) es uno de mis pasatiempos favoritos al final de la semana. Le sienta bien a mi alma y a mi corazón echar un vistazo hacia atrás y tratar de capitalizar de forma más permanente lo que el Rey me enseñó durante los días recién pasados. Es que, con la vida a más velocidad de lo que me gustaría, siento que a veces no me queda tiempo para saborear, masticar, tragar, digerir, y sacar el máximo provecho de las verdades que la Biblia me presentan en la dinámica del día a día. Estoy seguro que te pasa lo mismo… en lo que menos sientes, la semana se pasó, el lunes está frente a ti y “todo está por comenzar otra vez”… y en menos de lo que te des cuenta, otra semana, otro lunes y otro ciclo habrán hecho su aparición.
Por eso es bueno pararse… y rumiar.

Esta noche, al hacer un recuento mental de lo que pasó toda la semana veo una verdad que Dios ha estado tratando de enfatizar en mi vida… al rumiarlo pienso que probablemente se repite porque él sabe cuanto necesito crecer en esta área… me refiero a esa-mala-palabra-que-no-nos-gusta-escuchar-a-los-creyentes-de-nuestro-tiempo… la palabra es humillarnos. Al estar remasticando la semana percibo con claridad como -tanto en mi estudio personal como en la preparación para los “tiempos formales” de enseñanza de esta semana- es evidente la enorme “casualidad” de que cada trozo que Dios puso en mi corazón estaba de una manera u otra vinculado con la necesidad de “ubicarnos” en nuestra relación con el Rey y apropiarnos de la mentalidad de humildad que él demanda de nosotros (hmmm… créeme, quisiera usar una palabra muchísimo más fuerte que “demandar”). Fue como pasar por un mini curso intensivo de la Doctrina de la Humildad. Hmmm… creo que ese término ni siquiera se usa… y con toda seguridad no ha sido en años recientes un tema “de moda” entre los cristianos. ¿Quien sabe? quizás tú y yo debemos poner de moda esta doctrina.Ya puedes imaginarte los títulos en las revistas cristianas: La humildad está “In”… el orgullo está “out” en esta temporada.
Naaahhh… no puede ser una moda pasajera, así que mejor olvida la idea de hacer que sea una moda.

Pero la demanda de humillarnos es para nuestro bien. Piénsalo. La humildad nos conviene. Punto. Ya sea en el ministerio, en las relaciones personales, en el trato con los que no conocen a Jesús, en la dinámica de nuestros hogares o en la mismísima manera en la que nos relacionamos con Dios en la intimidad del alma, el humillarnos se vuelve una condición indispensable para el éxito del espíritu del Cristianismo. Incluso cuando se trata de que el Rey nos escuche, “la cosa” que hace toda la diferencia es un corazón dispuesto a postrarse voluntariamente delante de él en silenciosa espera y adoración. No fue en vano que el Salmista dijera tan claramente “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”

Un ángulo de esta verdad que el Espíritu Santo me ha recalcado es que -al menos en mi caso- no se trata de “ser humillado” por otros, por la vida o por las circunstancias… sino de “humillarme”. ¿Sabes? este es uno de esos verbos que no funcionan como se deben si no se conjugan de manera reflexiva en las acciones reales de la vida cotidiana. No se trata de poner cara de humilde (¡cualquiera puede hacer eso!) sino de bajar el corazón a la altura en la que un siervo sabe que debe estar. Jesús “se humilló a sí mismo”… y veo que de eso se trata este período de mi aprendizaje.

Esta noche te pregunto si tu corazón está contrito y humillado… o si está insolente y enaltecido… la respuesta a esa pregunta hará la diferencia en todas tus relaciones… con Dios, con otros y contigo mismo.
Como te dije… sólo estoy rumiando lo aprendido estos días.
Espero con toda sinceridad poder digerirlo.

Nos vemos mañana.

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