Mi ministerio, un ministerio, el ministerio…


Como te dije hace unos días, esta noche dimos inicio al último módulo de la Certificación ISOD1-D2 que finaliza el proceso el sistema de capacitación de líderes que usamos por varios años en VidaNueva. Hoy tuve el privilegio de abrir este paquete de sesiones llamado “Manual del Siervo” enseñando a un buen número de líderes algunos de los conceptos básicos del Reino… principios que por ser tan elementales a menudo son pasados por alto. Aparte de la introducción al curso general, mientras explicaba lo concerniente al “Llamamiento y Vocación”, fue natural enseñar lo que es el ministerio, un ministerio… y tu ministerio.
Te cuento… y te advierto que esta noche es un tanto más largo que de costumbre.

El llamamiento a ser siervos -que fue lo que nos ocupó esta noche por causa de la naturaleza de la clase- es muy simple: tarde o temprano todos somos llamados a servir al Rey en el ministerio. Piénsalo. No eres llamado a servirle en un ministerio ni eres llamado a ser siervo en tu ministerio. El llamamiento es para que le sirvas en el ministerio. ¿Por qué las distinciones?… ¡que bueno que preguntaste! El ministerio es lo que conocemos como la Gran Comisión… la transformación de la vida de cada persona sobre el planeta para que se someta al gobierno completo de Dios en cada aspecto de su realidad. Llámalo evangelismo y discipulado, “la obra”, la tarea de evangelización mundial o como quieras… servimos a Dios con el propósito de que él sea glorificado en la vida de todos aquellos que entran bajo la esfera de “el” ministerio que ejecutamos… ya sea yendo como misioneros al otro lado del globo o sirviendo como testigos y agentes de cambio intencional en la oficina en la que trabajamos como… lo que sea que trabajemos. En otras palabras, al madurar en la fe y entender tu llamado te das cuenta que eres (digamos) un siervo que se dedica a la construcción de casas, no un ingeniero que sirve a Dios. Eres una sierva de Dios que cría hijos, no una madre que sirve a Dios en una estructura ministerial. Eres un siervo de Dios que tiene una empresa, no un empresario que sirve a Dios. Creo que me entiendes la idea. El llamamiento a “el” ministerio nos define… nos hace “siervos a Su servicio” 24 horas al día, 7 día de la semana, 12 meses del año… sin importar qué hagamos para ganarnos el sustento o cual sea el título académico que precede a nuestros nombres. Cada creyente está llamado a crecer para llegar a ser siervo en “el” ministerio.

El propósito de Dios es que cada uno de nosotros -al madurar- se de cuenta de que la única causa que es válida en la vida es que todos conozcan al Rey y le adoren. El ministerio nunca cambia. No está sujeto a estructuras ministeriales… no está dirigido a un grupo específico, ni está limitado a tiempo o espacio. Es más grande que tú, que tu iglesia, que la estructura ministerial en la que sirves y que cualquier otro elemento religioso o eclesiástico que se pueda crear.
¿Qué es, entonces, “un” ministerio?

“Un” ministerio es una estructura formal que te ayuda a hacer mejor “el” ministerio. No debe nunca ser otra cosa.  Si “un” ministerio no logra “el” ministerio… no tiene razón de ser. O, mejor dicho… no debería ser. “Un” ministerio que logra la evangelización y el discipulado de personas, o que lo faculta de manera intencional al proporcionar el apoyo indispensable para que esto suceda es excelente, es bíblico, es tremendamente poderoso. Pero, por bueno que sea, nunca es la causa para la que fuiste llamado; apenas es el vehículo para que te acerques a la causa. “Un” ministerio tiene principio y tendrá final. Su estructura decaerá y se renovará de cuando en cuando. “Un” ministerio no debe ser nunca el centro alrededor del cual gravita nuestra vida… porque nuestro llamamiento es a “el” ministerio, no a “un” ministerio.

El asunto se complica aún más cuando hacemos que la importancia de “el” ministerio se traslade a “un” ministerio y se termina de desnaturalizar cuando lo que tiene importancia suprema es “mi” ministerio. Lo que de allí surge es el orgullo, la competencia, la territorialidad, la lucha de poder, la intriga, y todo lo que la carne es capaz de hacer en “un” ministerio. Cuando cometo el desatino de pensar que “mi” ministerio es lo máximo he perdido totalmente la visión del Reino que caracteriza a un siervo verdadero. Al dejar que esto pase corro el riesgo de sentirme indispensable, de volverme súper sensible a la crítica y de creer que lo que hago es a causa de mis talentos y habilidades. En ese momento dejo de sentirme siervo y empiezo a sentirme grande.
Pobrecito de mí si algún día pienso así.
Pobre de ti si así lo crees.

“El” ministerio es lo que cuenta. “Un” ministerio es una estructura temporal que debe toda su existencia a “el” ministerio. En cuanto a “mi” ministerio… ¿existe verdaderamente? De todas formas ¿Quien me dijo que “mi” ministerio es mío?… ¿de donde sacaste tú que “tu” ministerio es tuyo?… y peor aún ¿como te atreves a pensar que Dios te llamó a “tu” ministerio?. Todas son preguntas válidas., y -como te dije- obedecen a conceptos tan simples y evidentes que nos es demasiado fácil pasar por alto.
Allí te dejo la inquietud.

 

 

Nos vemos mañana.

Un pensamiento en “Mi ministerio, un ministerio, el ministerio…

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