Al rescate de la excelencia…


O quizás, mejor deba decir que necesitamos que la excelencia venga a nuestro rescate. Cómo sabes, hace años decidimos que VidaNueva abrazaría cinco valores como las líneas que demarcaban el terreno en el que haríamos nuestro ministerio. Los valores -personales, familiares, institucionales, comunitarios- son los límites claros que hemos acordado no serán traspasados por ninguna razón, bajo ningún pretexto o excusa; hacerlo es sencillamente “salirse de lo permitido”. Nuestros valores en particular no son de otro planeta… pero son estándares altos -cómo deben ser los estándares y las expectativas de los seguidores del Rey. Ya en el pasado te he hablado de cada uno de estos valores  (puedes leer sobre ellos yendo a nuestra página web o dando clic directamente acá). El último en la manera en que estos están enunciados, pero no por eso el menos importante, es el valor de la Excelencia… la norma que debe regir todo lo que hacemos; en palabras simples la clave de la excelencia está en un corazón que no se conforma con ofrecer lo mediocre o lo incompleto. Punto.

Si bien es cierto que es inevitable para la naturaleza humana que la virtud tienda al desorden, también es cierto que para los seguidores del Rey es indispensable que tal desorden se convierta de nuevo a la virtud que Jesús se merece. Acá te abro un poco mi corazón. La excelencia como valor está íntimamente ligada con la manera de hacer las cosas… con la calidad, con los detalles, con la fineza en la ejecución de lo espiritual y de lo que contribuye a lo espiritual. Personalmente, no soy fanático de lo innecesariamente estético o lo sofisticado… definitivamente no me gusta lo ostentoso, fastuoso o aquello que proyecta una apariencia de tanta grandeza que es evidentemente falso; pero te confieso que, como pastor, no concibo una actitud de mediocridad a la hora de hacer las cosas del ministerio. Cuando digo “cosas”, me refiero a cualquier actividad, material, proyecto, función, sermón, clase, tarea, responsabilidad, trabajo, empleo, mandado, menester, o lo que sea que es usado para la expansión del Reino. Entre más pequeña “la cosa”, me parece más inconcebible que ésta sea ejecutada sin buscar la excelencia… entre más grande, me parece más escandaloso el resultado que la mediocridad produce. Estoy convencido que es inapropiado que algo que lleva el nombre de Jesús no esté hecho con la máxima calidad posible. Créeme, me turba ver la desidia, la displicencia o el descuido con el que las cosas de Dios son abordadas por los que nos llamamos sus siervos… y me inquieta cuando la satisfacción de haber hecho algo es superior a la inquietud de haberlo logrado sin al menos buscar la excelencia.
Peor es cuando decir que la buscamos es más un escudo que una realidad.

¿Sueno como si estuviera en contra de la mediocridad? ¡Espero que así sea! Cuando la mediocridad posee un alma, no le deja espacio para que la Gloria de Dios se manifieste con claridad. Y eso es… peligroso ¿no crees?

Esta noche espero que la excelencia venga a rescatarnos a todos los que servimos al Rey. Pero, por si nuestra mediocridad se le pone al paso, he decidido tratar de rescatarla en lo que hago… y en lo que hacen aquellos que están bajo el ministerio que el mismo Rey me ha encomendado.
Algunas cosas deben cambiar.
Hmmm… mejor dicho, pienso en que yo tengo que cambiar algunas cosas.
Te animo a que tú hagas lo mismo.

Nos vemos mañana.

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