Es una cuestión de guerra…


Detesto la guerra. No puedo encontrar una palabra lo suficientemente fuerte como para describir mi repudio hacia el asesinato en masa producido por intereses políticos. Como salvadoreño me ha tocado participar presenciar ser afectado por dos conflictos armados, y puedo garantizarte que no hay nada bueno en una guerra humana. Sin embargo, amo a mi patria, y si me tocara defenderla lo haría tan honrosamente como me fuera posible. Entiéndeme que no lo haría con gusto… pero me sentiría honrado al hacerlo. A Dios gracias, ya no tengo la edad para prestar servicio militar… al menos no para este país. De todas maneras -aun cuando amo al terruño que me vio nacer con todo mi corazón- entiendo que mi nación…hmmm… como cualquier nación… es transitoria a la luz de la eternidad. ¿Eres de USA… Colombia… México… Guatemala… España…El Salvador? Pregúntate dónde estarán en 1000 años. Ya no serán más.
Por eso es bueno recordar que somos ciudadanos del cielo, y estamos acá de paso.
Así es… de paso. Punto.

Esta noche prediqué los versículos finales de Filipenses 1 y debo decir que me impresionaron en su contenido espiritual y su sabor intensamente marcial. La exhortación del Espíritu Santo fue clara… quedarse en esta tierra vale la pena si peleamos en equipo, tenemos valor para enfrentar a nuestros adversarios espirituales y consideramos un honor padecer por la causa de nuestro ejército. Somos soldados… nos guste o no, poca diferencia hay… somos soldados. Date cuenta que poco importa si eres pacifista, belicoso, militar, neutral, revolucionario o lo que sea… la mera verdad es que si eres un observador honesto admitirás que la Biblia está repleta de alusiones directas e indirectas a la guerra espiritual, a los ejércitos y a las batallas y que estas referencias indican que la vida espiritual es -ni más ni menos- una cuestión de guerra. Piénsalo. Avanzar el reino, ser soldado de Jesús, combatir unánimes, resistir al enemigo, considerar un honor padecer por nuestro Rey, portar las armas de nuestra milicia, vestir la armadura completa, utilizar la espada, refugiarse bajo el estandarte, prepararse para la guerra, pelear la buena batalla… la lista de indicaciones que nos advierten de la naturaleza de la vida espiritual es abrumadora. ¿Te has dado cuenta?

¿Cómo es que no nos damos cuenta que el cristianismo es una cuestión de guerra? ¿Cuándo decidimos sustituir el compromiso de un soldado por la comodidad y beneficios de un turista? ¿Quien nos dijo que las trincheras de la fe deben tener aire acondicionado o que el horario de nuestro batallón era de acuerdo a la semana europea de trabajo? ¿de donde sacamos que los días festivos en la guerra espiritual eran de doble paga o que la asistencia misma a la guerra era cuestión de los deseos personales y de la ausencia de conflictos con nuestras apretadas agendas? ¿Quien dijo que el enemigo usaba balas de salva? ¿Por qué creemos que es un derecho recibir los beneficios de la patria celestial pero no consideramos un honor sufrir por ella?
¿Cuándo decidimos rebajar los deberes que un soldado tiene para su causa?

Esta noche te pido que si las preguntas anteriores no te atañen directamente simplemente las pases por alto. Pero si estás en el ejército del Rey y no estás cumpliendo con tu deber con honor te desafío a que hagas los ajustes necesarios.
La vida cristiana es una cuestión de guerra: No hay lugar para los cobardes, para los desertores o para los que no quieren comprometerse.
Si no estás de acuerdo, demuéstrame con la Biblia lo contrario… si es que acaso es posible.
Allí te dejo la inquietud.

 

Nos vemos mañana.

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