Sobre orar y criticar…


Orar y criticar… esas son dos palabras que no deberían ir en la misma frase. Quizás hayas racionalizado el porqué das rienda suelta a tus críticas sobre la vida de alguien cercano a ti… y quizás tengas el valor de argumentar honestamente las razones por las que no podrías orar por él. No hagas ambas cosas. Si criticas a alguien no puedes orar sinceramente por él… por otro lado, si oras por una persona no es posible que le hagas el blanco de tus críticas. Cuando hablo de críticas no me refiero a la actitud constructiva que procura la mejoría de aquel a quien señalamos sus carencias, sino al espíritu criticón y quejista que se aprovecha de cualquier oportunidad para hacerle ver con aire de superioridad “lo mal que el otro está”.
¿Cómo puedes orar por aquel a quien criticas?
¿Cómo puedes criticar a aquel por quien oras?

Esta noche solo te dejo una inquietud -a raíz de lo estudiado en VidaNueva en la carta de Filipenses-… si tienes un espíritu criticón y quieres cambiarlo te sugiero fuertemente proponerte orar con pasión por aquellas personas  a tu alrededor “que te caen mal”, “te son insoportables” o que son “ineptas e incompetentes” en lo que hacen. No les critiques más… no tiene sentido que lo hagas.
Orar -por el otro lado- tiene todo el sentido del mundo.

Orar y criticar… dos palabras que, pensándolo bien, solo deben aparecer en la misma frase para establecer que nunca se mezclan y que no deben ir juntas.
Tu decides cual sacas de tu vocabulario.

Allí te dejo la inquietud…

 

 

Nos vemos mañana.

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