Impiedad y gracia… ¿no andaremos un poco confundidos?


Uuuhhh… cuando digo “confundidos” me refiero a nosotros, los cristianos de nuestros días. Ahora, antes de que leas mis pensamientos (y te advierto que esta noche el post es un poco más largo de lo usual), déjame aclararte que soy un seguidor del Rey que está fascinado con la gracia… creo que es una de sus ideas más espectaculares… luego de rumiarla y saborearla por años, creo haberla entendido “más o menos” bien. La gracia es el favor que él nos da de manera inmerecida a pesar de nuestros desatinos… la que nos justifica delante de Dios a pesar de nuestra pecaminosidad… es la que nos permite ser salvos sin obras… la que restaura nuestra relación con Dios sin hacer méritos… la que cubre nuestros pecados y nuestras ofensas a Dios por medio de la fe (tú sabes, cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia). Por otro lado, la gracia es también la que debe ser usada para tratar a quienes nos ofenden (de gracia recibimos, demos de gracia)… la gracia debe saturar nuestro trato con otros (nuestra palabra debe ser siempre con gracia), debe proveer la plataforma para que nos ministremos unos a otros y debe constituirse en un recordatorio de nuestra indignidad y del increíble amor y tolerancia de Dios para con nosotros. Pero, aún considerando todos estos aspectos de esa maravillosa gracia, la impiedad -definida como “la vida que no es al estilo de Dios”- no puede ser tratada con gracia. Hacerlo, nos está explícitamente vedado.
Te explico.

Antes de continuar, déjame copiar por entero un trozo de la Biblia que leí a VidaNueva esta noche al estar explicando uno de los puntos de Pablo a Timoteo en su promoción del estilo de vida de un creyente… y al mencionar lo categórico que debemos ser con enseñar la piedad a quienes nos rodean. El texto que te menciono es Tito 2:11-14 y dice así:

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Piénsalo. Este pasaje nos enseña que:

  1. La gracia de Dios nos fue dada para que “todos los hombres” pudieran ser salvos… “todos los hombres” quiere decir… ¡”todos los hombres”!. No importa lo malo que alguien sea, la gracia de Dios está allí para facultar la salvación de su alma.
  2. Sin embargo, esta gracia nos enseña (nos coloca en la disciplina necesaria) de modo que “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos… piadosamente“. Piénsalo. La gracia nos muestra la disciplina para renunciar a la impiedad (no para consentirla)… y nos lleva a vivir piadosamente…¡y no lo contrario!.
  3. Mientras nos disciplinamos en esa gracia, aguardamos el regreso de Jesús… quien nos salvo con el propósito de que viviéramos a su manera, piadosamente… para que entonces fuéramos un pueblo “especial”, con el celo de vivir como él viviría su vida.
  4. Nada en este texto -ni en el resto de la Biblia- indica que la gracia esté para “disculpar” el pecado, tolerar la impiedad, permitir los deseos mundanos o excusarnos cuando algunos de nosotros preferimos vivir en este siglo sin la sobriedad o la rectitud propia de la piedad.
  5. La gracia y la impiedad… no se mezclan. Punto.

Como te decía… me temo que el término “gracia” puede haber sido confundido por algunos hasta el punto de asemejarse a lo declarado en Judas 4: “hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios”… es imposible que pasemos por alto la naturaleza no piadosa (impía, de hombres impíos) que Judas señala en este tipo de pensamiento.

¿Cómo se trata -entonces- la impiedad en nuestra propia vida? Bueno… Tito dice que la forma de tratarla es “renunciar” a ella. Simple. No hay otro camino. Es categórico. Por tanto, no nos autorecetemos esa gracia malentendida cuando se trate de lidiar con la manera de vivir que está alejada de lo que sabemos que Dios quiere. Pero, me dirás, Dios nos sigue tratando con gracia, vivimos bajo la gracia, Dios es un Dios de gracia… y yo digo un sonoro ¡amén! a eso. Sin embargo, todavía así no encuentro una justificación bíblica (capítulo y versículo) para excusar en mi propia mente la posibilidad de vivir en impiedad argumentando el deseo de Dios por dispensar su gracia en mí.

¿Cómo se trata, entonces, la impiedad de otros?
Bueno… en primer lugar, cuidado con la paja en el ojo ajeno… es posible que la viga en tu ojo no te deje maniobrar bien y termines enucleando el globo ocular de su órbita si no procedes con cuidado. Pero si insistes en hacerlo, te sugiero probar la fórmula de Proverbios 16:6… misericordia y verdad. A propósito… si lees ese pasaje verás que el objetivo no es “dar gracia” al pecador, sino corregir el pecado.

La gracia, uno de los mejores inventos de Dios.
Mal usada, puede volverse en una de las excusas más grandes del hombre.

 

Nos vemos mañana.

Un pensamiento en “Impiedad y gracia… ¿no andaremos un poco confundidos?

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