Salmo 95


Como probablemente sabes, este próximo domingo en Campus Miralvalle y Crowne Plaza, estaremos iniciando una serie de varias semanas sobre la realidad que sucede cuando nos reunimos como Iglesia… no sólo me refiero a que “nos reunimos los unos con los otros”, sino que nos reunimos con Dios. He tenido mi mente metida en varios pasajes que nos enseñan, animan, exhortan o simplemente nos ordenan a entrar en su presencia mientras estamos acá en la Tierra (porque, en el cielo no podremos, ni querremos evadir esa presencia). Apenas tendré 4 semanas para compartir lo aprendido luego de masticarlo, saborearlo, engullirlo, digerirlo, procesarlo y nutrirme de lo que Dios nos ha revelado en la Biblia… es que la Palabra contiene suficiente información como para hablar por meses sobre esta trascendental actitud (porque eso es la adoración… ¡una actitud!).

Uno de los pasajes que ha llamado mi atención es Salmo 95. Te animo a que abras tu Biblia y lo leas “con los ojos frescos”… este es un trozo que el Nuevo Testamento afirma haber sido escrito por David (lee Hebreos 4:7); la línea de pensamiento usada por el rey para hablar del Rey es simple… pero continúa siendo poderosa:

  1. Inmensa Alegría en Versículos 1-2: No hay nada “triste” al acercarse a Dios… no hay nada “en pequeño” tampoco. Los primeros dos versículos de este Salmo usan términos como “aclamar alegremente”, “cantar con júbilo”, “llegar con alabanza” y “aclamar con cánticos”. No puedo evitar preguntarme como es que yo –¿será probable que a ti también te pase?- soy capaz de llegar a un culto de adoración, reunirme con Dios y dejar que sentimientos negativos -tristeza, frustración, preocupación, ansiedad, enojo… y cosas similares- me priven de la grandeza de Dios y de la alegría que hay al estar ante él. Este domingo te aconsejo que “aclames alegremente”. Punto.
  2. Gigantesco Poder en Versículos 3-4: La razón principal para esta inmensa alegría no es más que el simple hecho que en su presencia estamos ante la grandeza del creador de todo y dueño de todo. Mira las expresiones usadas: “Dios grande”, “Rey grande”… las profundidades de la Tierra caben en su mano, las alturas de los montes le pertenecen, es dueño del mar porque él lo hizo (digiere ese pensamiento) y él ideó, formó, decoró, aclimató y preparó para nuestro uso cada uno de los 148.647.000 Km.2 de tierra seca en el planeta. No llegues a la Iglesia este domingo y pases por alto su grandeza… sería una falta de respeto, ¿no crees?
  3. Radical Reacción en Versículos 5-6: Pero si sería irrespetuoso pasar por alto su grandeza, considera que David plantea una consecuencia triple a estar ante la presencia de Dios… adoremos, postrémonos y arrodillémonos. Yo se… algunos hemos sido enseñados que la posición del cuerpo no es tan relevante en nuestra vida cristiana… ¿o sí lo es? Piénsalo. Estar ante nuestro Dios (nuestro dueño… de quien somos como ovejas dependientes de un pastor, como lo señala el versículo 6) demanda una reacción que toca nuestra vida física. Hmmmm… por alguna razón, la palabra “temor” viene a mi mente. Cuando llegues a adorarle, témele… él es grande, tú y yo pequeños. Punto.
  4. Riesgo Insolente en Versículos 7-10: Estos últimos versos delatan nuestra naturaleza humana al advertirnos del peligro de “endurecer nuestro corazón”. David recuerda que en el pasado -en Meriba y en Masah- el pueblo de Dios se rebeló contra Dios… en vez de adorar, postrarse y arrodillarse, le tentaron, le probaron y le disgustaron. Las consecuencias para ellos fueron funestas… las consecuencias para nosotros también lo son cuando escogemos el camino de la insolencia. Por favor… al llegar a adorarle no endurezcas tu corazón… no tiene sentido hacerlo.

Hay una inmensa alegría al estar en la presencia de Aquel que tiene un poder gigantesco… no reprimas la reacción radical que nace de la conciencia de estar ante él porque -al hacerlo- te corres el riesgo de que tu insolencia te deje en malas condiciones.
Si no me crees, sólo tienes que preguntarle al pueblo de Israel.
O leer el Salmo 95.

 

Nos vemos mañana.

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