1Timoteo 1:12


“Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio”

Si tu vida está relacionada con el ministerio del evangelio estoy seguro que en alguna ocasión has considerado el pasaje anterior, escrito por Pablo a su hijo Timoteo (en 1Timoteo 1:12). Me hace pensar en lo agradecido que estoy por el propósito de Dios en mí (fortalecerme), deseo que la perspectiva que Dios tiene de mí sea la que tuvo de Pablo (que me tenga por fiel) y por el proceso por el cual el logra mi fortalecimiento (poniéndome en el ministerio). Este es uno de esos pasajes que nos recuerdan que el objetivo final del ministerio no es “hacer algo para Dios” o que “Dios haga algo por medio mío”… es más bien la obra de maduración que Dios está haciendo en mí por medio de todo lo que sucede en esto que él me ha puesto a hacer.

Piénsalo. El ministerio es posible solo por medio de relaciones personales… es la relación personal del ministro con su Rey y con la Palabra del Rey depositado por él en quien es ministrado… todo esto en el contexto único de otra relación personal. Tener un ministerio mientras te aíslas de la gente es tan absurdo como tener un ministerio en el que te aíslas de Dios. Pero, las relaciones personales siempre son… hmmm… no se que palabra usar… digamos que “complicadas” -para usar un término suave. El trato cercano entre dos seres humanos siempre es un desafío, incluso para aquellos a quienes les resulta “natural” relacionarse con sus semejantes (y con sus no tan semejantes). Por eso el ministerio forma nuestro carácter al obligarnos a rozarnos con otros y exigirnos los rasgos de carácter propios del rey: humildad, sencillez, benevolencia, paciencia, firmeza, santidad… la lista es muy larga. Estar en el ministerio es como estar inscrito en un gimnasio al que es imposible que dejes de asistir… las rutinas de ejercicios son interminables… los desafíos son constantes…pero el resultado es de mucho beneficio… no en vano Pablo dio gracias al que lo “fortaleció”.

Nunca te quejes del ministerio… ni de la gente a quien ministras… ni de tus compañeros ministros. Ellos están puestos allí para que seas fortalecido. En otras palabras, Dios no te puso en el ministerio “solo” para que lo sirvas… te puso (y me puso) porque sabe cuanta debilidad hay en nosotros y cuanto necesitamos de ese buen gimnasio en el que aprendamos a ser fuertes en el alma, la mente, el corazón, las emociones y la voluntad. Llamémosle Ministry-Gym.

Esta noche doy gracias a Dios porque me ha puesto en un proceso de crecimiento y porque tuvo la gracia de creer en mí (teniéndome por fiel)… y mi oración es que el ministerio en el que él me ha puesto a crecer me haga una persona más fuerte cada día. Anhelo que haya más evidencia de la vida de Jesús en mí al terminar este año que la que hubo cuando comencé. Y espero que lo mismo suceda en tu caso.
Si el ministerio no nos hace más como Jesús, hay algo que estamos haciendo mal.

 

Nos vemos mañana.

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