Triste…


Así es: Triste. No hay otra manera de pensar en el estado de Jesús en el huerto de Getsemaní. Él mismo se lo declaró a sus discípulos en Marcos 14:34

Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.

La solución de nuestro Rey fue derramar el corazón delante de Dios, diciéndole exactamente como se sentía… y reconociendo que la mejor decisión en cuanto a su destino le correspondía al Padre. La oración es precisamente eso… o al menos debería ser precisamente eso: un momento en el que nos desnudamos completamente delante de nuestro creador diciéndole las luchas en las que nos encontramos… si al caso explicándole cuáles son las salidas que vemos desde nuestra humana limitación (Jesús mismo dijo “si es posible, pasa de mí esta copa”) y luego reconociendo que por agudas e inteligentes que sean nuestras soluciones no tienen comparación a la absolutamente perfecta voluntad de Dios.

Orar no es una lámpara mágica que frotamos para que aparezca un genio a concedernos nuestros deseos. Orar no es un antídoto para las adversidades que podemos inyectar esperando que “seamos curados” de la crisis en la que estamos. Orar no es tampoco una moneda de cambio que usamos para comprar los servicios de Dios. No mi hermano… no es así.

Orar… especialmente cuando de súplica se trata, es la manera en la que llevamos nuestras tristezas a Dios y le confesamos que no podemos más… que nuestra carne nos agobia… que nos sentimos desfallecer… y que necesitamos de Él. Al orar así nuestras fuerzas se renuevan, nuestra mente se aclara y nuestra fe se fortalece.
Te confieso que no siempre oro así.
Por eso -al menos a veces- me cuesta orar. ¿Te sucede lo mismo?

Esta noche te dejo una cita que he atesorado por años. De vez en cuando la leo (y de vez en cuando la repito a VidaNueva…como lo haré en unas horas). Fue escrita por un clérigo Católico en Francia hace más de 4 siglos… pero permanece muy vigente:

Fue Francois Fenelon quien dijo:

“Dile a Dios todo que está en tu corazón, como el que descarga su corazón, sus placeres y sus dolores a un amigo querido. Dile tus problemas, para que te pueda consolar; dile tus alegrías, para que las pueda moderar; dile tus ansias, para que las pueda purificar; dile tus disgustos, para que pueda ayudarte a vencerlos; habla con Él sobre tus tentaciones, para que Él pueda escudarte de ellas; muéstrale las heridas de tu corazón, para que las pueda sanar: confiésale tu indiferencia hacia el bien, tus gustos depravados para el mal y tu inestabilidad. Dile como el amor propio te hace egoísta con los demás; cómo la vanidad te tienta a ser hipócrita; cómo el orgullo te disfraza ante ti mismo y ante los otros.

Si tú entonces derramas todas tus debilidades, necesidades y problemas, nunca te faltará qué decir. Nunca agotarás este tema porque se renueva constantemente. A los que no tienen secretos entre sí nunca les falta de qué hablar. Ellos no pesan sus palabras, porque no tienen nada que esconder; tampoco tienen que buscar algo que decir. Hablan de la abundancia del corazón, sin premeditación dicen lo que piensan. Bienaventurados los que obtienen una comunión tan familiar y sin reservas con Dios.”

Que el Rey nos enseñe a orar…
Especialmente cuando estemos tristes.

Nos vemos mañana.

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