“Yo soy su fan”…


Las últimas semanas meses años décadas han sido intensas… casi sin parar. Estos últimos siete días en particular han estado inusualmente llenos de enseñanza entre el púlpito de la Iglesia, el módulo intensivo del Seminario y otros compromisos de predicación. Por la naturaleza misma de la materia que estoy impartiendo, estas noches he estado tratando con algunos conceptos muy profundos de Apologética y con una inusual cantidad de información en cuanto a Historia y argumentación filosófica. Esta es un área que me gusta… sin embargo, hoy por la noche tuve una bendición aún mayor que la de los últimos días. El equipo de líderes de OANSA me dio el privilegio de enseñar un devocional a los niños de nuestra iglesia que asisten a esta estructura cada Viernes. La experiencia fue muy buena para mí… y mucho más recompensante y desafiante que el Seminario mismo o el púlpito de “la iglesia de los grandes”.
Te cuento.

Llegué preparado para “conectar” con ellos… sabía que habrían niños desde los 8 hasta los 12 años así que -dado el tema que me pidieron- decidí “exponer” Isaías 5:20 (¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!). Debo confesarte que no soy muy bueno enseñando niños… no creo que sea uno de mis talentos en la vida; pero me encanta hacerlo. Me gusta ver cuando “la luz se enciende” en el rostro de un pequeño al haber comprendido lo que Dios le está diciendo por la Biblia. Para no hacerte larga esta historia te diré que el grupo fue muy atento (aunque también muy alegre) y que creo haber comunicado efectivamente la verdad evidente que el pasaje encierra. Lo que me marcó fue algo que pasó al final de la enseñanza… digamos que yo ya había dado la lección que los líderes me pidieron dar, pero no había recibido aún la lección para la que Dios me llevó allí.

Mientras caminaba hacia la puerta posterior, pasando por entre las sillas en la que los niños estaban sentados saludándoles y haciendo algunas bromas, un pequeñito de unos 8 años (ojos grandes, orejas grandes) me dio la mano y con una gran sonrisa en el rostro me dijo con todo aplomo: “Hermano Julio, yo soy su fan...” ¡Gulp! Te confieso que me quedé sin palabras que responder. ¡Cuanta responsabilidad y que inmerecido honor que un chiquito piense así de ti! ¡Qué desafío saberse querido de esa manera… y que terrorífico pensar que uno pueda desilusionar a quien con tanta inocencia ha decidido creer que el Cristianismo es genuino y verdadero al observarte!

Los niños nos ven. Punto. Nos observan con atención. Si eres parte de una iglesia es necesario que te des cuenta de esta realidad. Esta noche pienso para mí -y te comparto- las palabras del Rey en los evangelios:  “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar.” Duro ¿verdad? Creo que se aplica a mí en este tiempo… y también a ti que -quizás sin saberlo- igualmente tienes tus pequeños fans en la iglesia en la que te congregas.

Nos vemos mañana.

Un pensamiento en ““Yo soy su fan”…

  1. Es una responsabilidad tremenda. Esa misma responsabilidad la tiene uno de padre ya que nuestros hijos imitan lo que uno hace. Nuestros hijos aprenden al vernos frecuentar la Iglesia, leer la Biblia, orar en las comidas y al acostarnos, etc.

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