El dueño…


En la parábola de la viña y los labradores malvados, todo el argumento está construido sobre una premisa básica: el dueño tiene derecho a recoger el fruto de las vides. Punto. El dueño manda entonces a sus siervos a recolectar las ganancias producidas por la viña y los malvados labradores tratan de usurpar ese derecho…el asunto “termina mal” porque los labradores no reconocen ni respetan el derecho del dueño.
El cuadro es evidente.

El punto no sólo es dar fruto. Es dar fruto para el dueño.
El asunto no es quien trabaja la tierra. La tierra es del dueño.
La viña es del dueño. Cada vid individual es del dueño. Cada uva es del dueño.

Una viña es un conjunto de vides. Cada vid es una vida individual (Jesús lo dijo refiriéndose a él mismo). Obviamente, la viña no es dueña de sí misma como tú y yo no somos nuestros propios dueños. A Dios le asiste el derecho (y lo ejerce a plenitud al final de la parábola) porque él plantó y preparó la viña para sí mismo.

Piénsalo. Tú no eres el capitán de tu alma ni el arquitecto de tu propio destino… quien te lo haya dicho te engañó. Tú tienes dueño. Él el el dueño de tu vida, de tu matrimonio, de tu negocio, de tus hijos, de tu ministerio, de tus cosas y de todo tu ser. En una sociedad tan alejada (afortunadamente) del concepto de la esclavitud, la idea de pertenecerle a alguien no tiene mucho peso. Pero no por eso, deja de ser cierta. A no ser, por supuesto que hayas decidido -como los labradores malvados- a resistirte a los derechos del dueño.
Una muy mala idea por cierto.
Nunca funciona.

Nos vemos mañana.

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