Las piedras no tienen porqué clamar…


En nuestros días, las palabras “alabar” y “adorar” se han convertido para ciertos círculos cristianos en sinónimos únicos de lo que sucede cuando cantamos a Dios… de hecho, ahora no resulta raro que estos términos se presenten casi siempre acompañados de connotaciones musicales o de salmistas y cantores… y que evoquen imágenes de algún momento de especial comunión con Dios en el contexto propio del culto en la iglesia. He escuchado incluso como los Directores de Canto en las Iglesias dividen la música en dos categorías: “alabanza” y “adoración”. Conozco a muchos cristianos que no les molesta llegar tarde al “culto de adoración” porque “sólo se pierden el tiempo de alabanza”… ¡nunca una frase fue dicha por un seguidor del Rey con menos análisis que esta! Ahora, no dudo que cuando cantamos debemos hacerlo en actitud de alabar y adorar al Rey… y no me cuesta ver que, por ser la música una expresión de nuestro ser más interior, es fácil encerrarnos en un concepto válido… pero limitado. Para decirlo en una frase: Adorar es muchísimo más que cantar.
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La Real Academia Española define el término adorar como “Reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina.”. El Nuevo Testamento griego utiliza la expresión PROSKUNEO que literalmente señala acción de un perro lamiendo la mano de su amo. La adoración verdadera produce servicio, sacrificio y sublimación… obedece, ofrece y ovaciona… responde prontamente a costa de cualquier esfuerzo personal yendo muchísimo más allá de lo que está establecido por la religión y reconociendo el privilegio que tiene con sólo ser partícipe de estar frente a quien es adorado.
Y sólo uno es digno de ser adorado: Jesús.

Adora al Rey. Este Domingo de Ramos se trata precisamente de eso… de la conmemoración de su entrada triunfal a Jerusalén… sentado en un pollino de asno y recibiendo los vítores de la multitud. Si ellos lo hicieron antes de la cruz… imagínate cual debe ser nuestra actitud ahora que “ya vimos” lo que hizo por nosotros. Que no te importe lo que otros hagan… tú adora al Rey. Después de todo, aquel primer domingo de Ramos cuando los fariseos le reclamaron porque estaba recibiendo la adoración del pueblo Jesús simplemente respondió:
Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.
En mi vida, las piedras no tienen porqué clamar.

Nos vemos mañana.

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