Levítico 21 (1): ¿Quienes deben ministrar?


El ministerio es una de las cosas más preciosas que existen. Es simple y a la vez complejo… es relaciones, pero necesita organización… está lleno de recompensas pero no siempre lleva remuneración… es para todos, pero no todos pueden hacerlo. Hmmm… esto último es dolorosamente cierto: no todos pueden hacerlo.

Hace unos años escuché a Jeff Adams enseñar una de las aplicaciones más fascinantes del libro de Levítico que he oído en mi vida. En el capítulo 21, Jeff nos enseñó acerca del ministerio del creyente… de la responsabilidad que los sacerdotes (todos los creyentes lo somos) tenemos de “servir el pan de Dios”. La aplicación que Jeff hizo en esos momentos ha regresado a mi mente vez tras vez a través de los años (ya sabes, un buen mensaje no es el que es fácil de recordar sino el que te resulta imposible de olvidar) y en mas de una ocasión lo he compartido de manera casual con quienes trabajo en el ministerio. El trozo en sí está en Levítico 21 (puedes leerlo dado clic acá), habla acerca de la santidad de los sacerdotes… nota que esta santidad los calificaba (o descalificaba) para acercarse a ofrecer el pan de Dios.
Es que -aunque todos deberíamos ministrar- no todos debemos hacerlo. Estos próximos días quisiera concentrarme en este trozo de las Escrituras, creo que Dios nos mostrará algunas cosas que todos los que estamos en el ministerio a cualquier nivel podemos aprovechar (pastores, líderes, evangelistas, maestros de escuela dominical, diáconos, servidores, etc.) Espero que como me sucedió a mí hace tantos años, lo que de este capítulo aprendas te resulte difícil de olvidar.

Déjame comenzar con los primeros pensamientos esta noche:

Levítico 21:1-4 dice:

Jehová dijo a Moisés: Habla a los sacerdotes hijos de Aarón, y diles que no se contaminen por un muerto en sus pueblos.
2 Mas por su pariente cercano, por su madre o por su padre, o por su hijo o por su hermano,
3 o por su hermana virgen, a él cercana, la cual no haya tenido marido, por ella se contaminará.
4 No se contaminará como cualquier hombre de su pueblo, haciéndose inmundo.

1. Un sacerdote no puede contaminarse. La contaminación principal se genera entrando en contacto con un muerto. Piénsalo. La palabra contaminación no es algo ligero… no lo era entonces y no lo es el día de hoy. El pasaje en el AT tenía una aplicación literal (no podían tocar un cadáver… los judíos más extremos pensaban que ni siquiera se podía estar en la presencia de un cuerpo muerto o incluso ir a un cementerio)… pero también tiene una fabulosa aplicación devocional en el NT. Pablo nos dice en Romanos que lidiar con la carne de uno es lidiar con un cuerpo muerto (¡Miserable de mi! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?). Un sacerdote hoy está descalificándose cuando decide obrar en contacto contaminado por su propia carne… o de la carne de otros. ¡Qué terrible! Una de las cosas más aceptadas en nuestros días es que “somos carnales”… el término ha llegado a ser tan común que lo tomamos como normal en todos los creyentes, incluyendo a los que ministran. Ahora, con esto de no ministrar en la carne por favor no me mal interpretes… todos luchamos con la carne… todos (yo el primero) somos incapaces de librarnos por completo de ella. Si eres un ministro, toma como una regla para tu vida el no contaminarte con tu carne, ni participar en los pecados de otros.
2. La familia es más importante que el resto de las personas. La familia es una excepción a la regla de la contaminación… ¡aún para Dios hay algunas excepciones a las reglas! Quizás por eso es que Dios dio algunas excepciones naturales a los primeros sacerdotes de manera que los sacerdotes pudieran asistir a los funerales de padre, madre, hijo, hermano o hermana. Creo que una aplicación devocional más exacta nos permite entender que los asuntos familiares de un ministro lo harán lidiar con los errores de su propia familia. Un ministro que se resiste a tratar con la carne de los suyos no tienen nada de espiritual… más bien dará la impresión que ha negado el afecto natural que Dios mismo promueve a lo largo y ancho de la Biblia. Por favor no olvides a tu familia natural cuando se trata de hacer el ministerio. Ellos te necesitan y deben ser -si es posible- más importantes para ti que el resto de personas a las que ministras… al punto que Dios los considera de una manera distinta al momento de clasificar la “contaminación” que sus vidas generan.

Si has leído el pasaje ahora sabes que a continuación Dios prohibía para los ministros hacer tonsura en su cabeza, raer la punta de su barba, o hacerse rasguños en la carne. Por hoy se me acabó el espacio, vuelvo en 24 horas y te sigo contando…
Buenas noches…

Nos vemos mañana.

2 pensamientos en “Levítico 21 (1): ¿Quienes deben ministrar?

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